RESUCITAR

 Nada más cerrar el libro, la habitación pareció suspirar, anhelante, como si de un escenario vivo se tratase. De pronto asistí a un espectáculo sorprendente.

Las letras, cansadas de tanta interpretación, se deslizaron de las páginas y cayeron al suelo, formando un pequeño charco de palabras inconformes, tapando la tarima con sus formas, creando infinitas voces, infinitos textos, infinitas imágenes.

Intenté recogerlas para devolverlas al libro, pero se escurrían entre los dedos, repitiendo frases que yo ya no recordaba haber leído.

 Y en la lisa y blanca pared que soporta el cabecero de la cama apareció el protagonista mirándome desde la portada de la obra y diciéndome con reproche:
—Tanto sufrimiento para que me abandones en la última página.

Suspiré, apagué la luz y le prometí que mañana volvería a darle otra oportunidad. Que volvería a leerlo para volver a resucitarlo.


Mentía, por supuesto.

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