LA FOTOGRAFÍA

 Siempre le gustó recrearse en la historia muda que existía detrás de cada fotografía antigua. 

Por eso, aquel fin de semana era un verdadero regalo.

Mientras vivió su madre, acercarse a aquella casa estaba prohibida. Nunca le explicaron la razón... aunque era una sentencia clara y determinante que nadie se atrevía a incumplir. 

Pero el tiempo había pasado y ya no existía ningún motivo para evitar la visita a aquella casa antigua que se estaba a punto de vender.

Polvo, abandono, humedad y miles de objetos inservibles. Y en una de las habitaciones donde crujía la madera como si el suelo estuviese a punto de hundirse, una caja con cientos de estampas en blanco y negro. 

Fue allí donde descubrió aquella extraña fotografía que parecía pegada al fondo de una lata oxidada, como si alguien hubiera querido esconderla del tiempo y de la memoria.

Se veía a una mujer... elegante... misteriosa...  triste y atemorizada. Tenía la mirada fija en algo fuera del encuadre, los labios apenas entreabiertos, como si estuviera a punto de decir un nombre que nunca llegó a pronunciar.

El chico acercó la imagen a la ventana para verla más nítidamente. Juraría que los ojos de ella brillaban con una súplica muda. Imaginó que huía de alguien. Que esa casa del fondo no era hogar, sino una poderosa e hiriente jaula. Que el vestido claro no era elección, sino el uniforme de una vida impuesta. Tal vez esa fue la última fotografía antes de desaparecer. Quizás alguien la buscó durante años sin saber que su rastro terminaría en aquel rectángulo de papel.

Y mientras imaginaba todo aquello y seguía observando la imagen... lo vio. Claramente. 

En el borde inferior, casi borrado por el tiempo, un reflejo diminuto en el cristal de una ventana: la silueta de quien tomó la foto.

El chico sintió un profundo escalofrío y el miedo le paralizó.

La silueta que se adivina en aquella fotografía tenía su misma cara... era él.

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