EL JARDÍN
Al principio solo fueron unas rosas. Unas rosas para dar color a esa esquina sombría que tanto le entristecía.
Después llegaron las peonías, los tulipanes, las dalias, los lirios, las hortensias, las camelias...las magnolias.
Llenó los parterres de hermosas amapolas, de infinitas azucenas, de orgullosos jacintos, de elegantes begoñas...
Trajo orquídeas de países lejanos y especies nocturnas que solo abrían sus pétalos bajo la hechicera luna.
Ya no cultivaba flores: las estudiaba, las aprendía, las memorizaba.
Conocía la profundidad exacta de cada raíz, la humedad necesaria para cada bulbo, la enfermedad que podía esconderse bajo una hoja aparentemente sana.
Pasaba horas agachado entre los tallos, arrancando con delicadeza cualquier flor marchita, cualquier planta que creciera torcida, cualquier brote que brotaba donde no debía.
Luego comenzó a dormir en el jardín.
Primero bajo un cenador. Después directamente sobre la tierra.
Dejó de cuidar su aspecto, de responder llamadas, de abrir las ventanas de la casa.
Las flores crecían cada vez más altas y él las podaba siguiendo patrones que solo él comprendía.
Plantó rosales alrededor de la verja para que nadie pudiera entrar y cubrió los senderos con pétalos hasta hacer desaparecer la tierra.
Cuando alguien preguntaba por él, la casa permanecía cerrada.
Solo el jardín seguía creciendo.
Una mañana, después de varias semanas sin verlo, forzaron la puerta. La casa estaba completamente vacía y descuidada.
Pero al abrir la verja encontraron que todas las flores habían sido arrancadas durante la noche y cuidadosamente replantadas formando una única palabra... Su nombre.
Y debajo, entre los pétalos húmedos empapados de rocío, crecía una mano humana de la que ya estaban brotando pequeñas violetas.
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