JUGAR

Normalmente, papá siempre juega conmigo cuando llega del trabajo.

Primero colocamos la ciudad: los edificios, el mercado, la escuela, el hospital y el jardín. Después repartimos los muñecos: el policía, los profesores, la bombera del camión de escalera, los sanitarios de la ambulancia…

Yo siempre intento estropearlo todo. Tiro a alguien por una ventana, invento un atraco o hago que unos ladrones prendan fuego a la escuela. Pero papá me corrige sonriendo.

—Mejor una historia bonita.

Entonces aparece un gato perdido en una azotea, los bomberos lo rescatan y los enfermeros ayudan a repartir comida en el mercado. Siempre terminamos salvando a alguien.

Hoy ha sido distinto.

Cuando dije que el policía iba a disparar al frutero porque era un ladrón disfrazado, papá ni siquiera levantó la vista.

—A la cabeza —susurró—. Entre los ojos. Luego al pescadero… y al panadero. También son cómplices.

Su teléfono no dejó de sonar ni un segundo.

En la pantalla se repetía el nombre de su jefe.

Papá rechazó la llamada, me puso otra vez el policía en la mano y dijo, con una calma que me dio miedo:

—No dejes a ninguno vivo

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