INCAPACES

 La puerta del despacho del director se abrió de golpe.

—¡¿Cómo has podido hacerlo?! —gritó Alba, con los ojos encendidos de rabia—. ¡Mi hermana estaba bien! ¡Solo habéis tenido que esperar un poco!

Su hermana pequeña, Lucía, permanecía sentada en una silla junto a la pared, abrazando su mochila. Parecía diminuta.

El director levantó la vista lentamente. Llevaba horas sin moverse apenas de aquel despacho.

—Alba, por favor...

—¡No! No me digas que me calme. ¡Has llamado a la policía! ¡A la policía! ¿Sabes el susto que le has dado?

Las palabras golpearon la habitación como piedras.

El hombre cerró los ojos un instante.

—Han pasado tres horas desde que terminó la jornada escolar.

—¡Y qué! Mi madre estaba ocupada.

—Tu madre no respondió a ninguna llamada.

—Porque tendría cosas que hacer.

—Tampoco respondió a los mensajes.

—¡Pues ya está! ¡No pasa nada!

El director observó a la adolescente. La conocía desde que era pequeña. Había visto cómo llegaba cada mañana sujetando la mano de su madre y cómo, con los años, había aprendido a fingir que todo estaba bien.

—Alba...

—No me mires así.

—Estoy intentando ayudarte.

—¡No necesito tu ayuda!

La voz de ella se quebró ligeramente, pero siguió hablando.

—Siempre estáis juzgándola. Siempre pensando lo peor de mi madre.

El director apoyó las manos sobre la mesa.

—No estoy pensando lo peor de ella.

—Sí que lo haces.

—No, en serio.- pero no supo como mirarle a los ojos sin sentir profunda tristeza.

Hubo un silencio pesado.

—Tu madre tiene dificultades.

—¡No las tiene!

—Eres muy joven y no lo entiendes... pero necesita ayuda.

—¡No!

—Alba...

—¡Déjala en paz!

La chica notó que le temblaban las manos. Odiaba aquella conversación. Odiaba aquella oficina. Odiaba las llamadas del colegio. Odiaba las miradas de preocupación.

Sobre todo, lo odiaba a él.

Porque cada vez que él hablaba parecía que intentaba romper una verdad que ella llevaba años sosteniendo con todas sus fuerzas.

—Mi madre nos quiere —dijo entre dientes.

—Lo sé.

—Entonces deja de tratarla como si fuera una mala madre.

El director tragó saliva.

—Querer a alguien no siempre significa poder cuidarlo como necesita.

Aquello hizo que Alba sintiera un golpe en el pecho y de nuevo le gritó:

-Tu te crees que lo sabes todo... pero no sabes nada. 

El hombre guardó silencio.

En realidad sí sabía algunas cosas.

Sabía cuántas veces Lucía había sido la última niña en quedarse esperando.

Sabía cuántas veces Alba había llegado corriendo para recoger a su hermana porque nadie más lo hacía.

Sabía cuántas excusas habían inventado las dos para proteger a su madre.

Pero también sabía que señalarlo de frente podía romperlas.

—He llamado a la policía porque tenía la obligación de hacerlo —dijo con suavidad—. Porque una niña de ocho años llevaba tres horas esperando. Porque nadie sabía dónde estaba vuestra madre. Porque si algo hubiera pasado y yo no hubiera actuado, jamás me lo habría perdonado.

—¡Mentira!

—No es mentira.

—Solo querías meterte en nuestra vida.

El director bajó la cabeza. Se sentía derrotado e inútil. Incapaz de ayudar... que era lo único que deseaba.

Cuando volvió a levantarla, Alba se quedó inmóvil.

Había lágrimas en sus ojos.

No lágrimas de enfado.

No lágrimas de vergüenza.

Lágrimas de puro agotamiento.

—Ojalá me odiaras por algo peor —susurró él.

La chica parpadeó.

—¿Qué?

—Ojalá estuviera equivocado. Ojalá tu madre hubiera aparecido una hora después, riéndose de un atasco absurdo. Ojalá Lucía no hubiera estado llorando preguntando si alguien iba a venir a buscarla.

Su voz se quebró.

—Ojalá no tuviera que hacer estas llamadas.

Una lágrima descendió por su mejilla.

Después otra.

Alba nunca había visto llorar a un adulto así...Nunca.

—Crees que disfruto con esto... —continuó él—. Crees que quiero que intervenga la policía. Crees que quiero sentarme aquí y ver cómo una familia se rompe poco a poco delante de mí.

Las lágrimas seguían cayendo.

—Lo único que intento es protegeros.

El despacho quedó en silencio.

Alba sintió que la rabia seguía allí, intacta, aferrada a su pecho.

Pero por primera vez apareció algo más. Una duda.

Una duda pequeña y muy dolorosa.

Porque si aquel hombre estaba llorando de verdad...

Si de verdad sufría al hacerlo...

Entonces quizá no era tan fácil como ella había querido creer.

Sin embargo, todavía no estaba preparada para admitirlo.

Apretó los puños.

—Te sigo odiando.

El director asintió lentamente.

—Lo sé.

Y aquella respuesta, tranquila y triste, le hizo más daño que cualquier discusión.

Porque él no intentó defenderse. Solo podía ofrecerle consuelo.

Ella siguió llorando en silencio mientras su hermana pequeña, desde la silla, observaba a los dos como si estuviera viendo algo que ninguno de ellos era capaz de explicarle todavía.

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