UN BUEN HOMBRE
El general llegaba al cuartel antes del amanecer. Siempre temprano. Siempre antes que el resto de los mandos. Él aseguraba que tenía que dar buen ejemplo. Los centinelas enderezaban la espalda apenas escuchaban el ruido acompasado de sus botas sobre la grava húmeda. Él respondía siempre con un gesto amable, casi paternal, preguntando por la fiebre del hijo de uno, por la madre enferma de otro, por el ascenso prometido a un tercero. Nadie podía decir que el general fuera un hombre injusto.
Cada mañana asistía a misa de seis. Se arrodillaba sobre el reclinatorio de madera con una devoción serena, antigua y apasionada, mientras enlazaba los dedos con fuerza y con los ojos cerrados conversaba de verdad con Dios. El párroco lo admiraba profundamente: “Un hombre recto”, decía. “De una bondad extraordinaria”.
Y quizá lo era.
Escribía cartas larguísimas a su esposa cuando estaba destinado lejos de casa. En todas hablaba de sus hijos: de las notas de Clara en el colegio, de la tos persistente del pequeño Julián, de cuánto deseaba volver para enseñarles a pescar en verano. Conservaba en el despacho los dibujos torcidos que le enviaban por correo y los mostraba orgulloso a las visitas.
Los soldados también lo querían. Nunca permitía un arresto injusto. Revisaba personalmente la comida de la tropa. En invierno ordenaba repartir mantas adicionales. En Navidad conseguía tabaco y vino para todos. “Un ejército también se gobierna con humanidad”, repetía.
Y los lunes eran días especialmente ordenados.
A las siete en punto cruzaba el patio central con las manos a la espalda. El aire olía a cal y a humedad. Los presos políticos aguardaban junto al muro, algunos muy jóvenes, casi adolescentes todavía. El secretario leía los nombres. El general escuchaba en silencio, grave, atento, como si se tratara de un trámite administrativo inevitable.
Luego asentía.
—Procedan.
Luego los disparos retumbaban contra las galerías del cuartel y espantaban a las palomas del tejado mientras el suelo se llenaba de cuerpos caídos y olor a sangre fresca.
Después, el general mandaba rezar una oración y repetía solemne "Bienaventurados los misericordiosos" antes de volver a su despacho y seguir demostrando que era un buen hombre.
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