RESISTENCIA

 Desde que mi hermana se mudó al edificio de enfrente, apenas hablábamos. Decía que necesitaba tranquilidad para terminar “su proyecto”, aunque nunca explicó cuál era exactamente. Yo la veía algunas noches en la ventana, rodeada de cajas metálicas y lámparas encendidas hasta la madrugada.

Una tarde fui a visitarla sin avisar. El apartamento olía a humedad y tierra mojada. Sobre la mesa había decenas de frascos con semillas clasificadas por tamaños y colores. No había fotos, ni televisión, ni rastro de una vida normal.

—¿Para qué quieres tantas plantas raras? —pregunté intentando bromear.

Ella apenas levantó la vista.

—No son raras. Son resistentes.

Pero ella nunca fue de hablar mucho y la conversación murió ahí. Siempre había sido distante, pero aquella vez parecía querer transmitir algo que yo no era capaz de descifrar. Me marché incómodo, pero siempre fue algo arisca.

Esa noche, mientras cenaba, las noticias interrumpieron la programación:

“Vecinos del distrito norte alertan de un crecimiento inexplicable de raíces bajo las viviendas. Varias calles han tenido que ser evacuadas”.

Sentí un escalofrío. Miré por la ventana hacia su edificio. Desde su balcón caían largas enredaderas oscuras que no estaban allí esa mañana.

Intenté llamarla. No respondió.

A medianoche, un estruendo sacudió la calle. Los adoquines comenzaron a levantarse como si algo enorme respirara bajo tierra. Entonces entendí por qué mi hermana decía que aquellas plantas eran resistentes.

Fue el momento en que todo lo entendí. No estaba intentando cultivarlas. Estaba intentando contenerlas

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