HABLAR

 La casa es preciosa. Tiene un balcón suspendido sobre el acantilado y unos ventanales desde los que el mar parece entrar en el salón.

Ahora la estamos reformando.

El arquitecto insiste en conservarlos todos. Dice que son el alma de la casa.

Pero no entiende nada. No entiende que las casas son lo que hablan.

Los vamos a tapiar. Todos. Absolutamente todos.

Porque hace dos años, desde ese mismo balcón, la vi caer. Caer al vacío y chocar su cuerpo contra las rocas. Y todavía, cuando miro hacia el acantilado, no veo el mar majestuoso. Solo veo su cuerpo roto.

Y escucho, por encima de las olas, la última frase que me dijo antes de que yo, desesperado, la empujase;

—Déjame en paz... necesito irme de aquí.

Y yo no quise escucharla... ni quiero que siga hablándome. 

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