TARDE
El café humeando sobre la mesa sin que nadie lo probara. La persiana del dormitorio golpeando una y otra vez contra el marco. El ramo de flores abandonado en el contenedor de enfrente. Un visera de niño colgada del banco del parque. El semáforo averiado, siempre en ámbar. La anciana que, al cruzarse conmigo, se quedó observando mi extraño y dubitativo caminar. Aquellas nubes que empezaron a descargar agua habiéndolas ignorado todo el día...
Demasiadas advertencias para quien aquella tarde decidió que el orgullo bien podía vencer al perdón.
Solo comprendí su significado cuando, algún tiempo después, vi a otros salir de tu funeral mientras yo, inmóvil en la puerta del Tanatorio, aún sostenía apretada en el bolsillo la carta que nunca llegué a entregarte.
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