IRA
Cada mañana, antes de que el sol terminara de entrar por la ventana, mamá ya estaba reconstruida. Se recogía el pelo, se abrochaba la camisa y escondía bajo las mangas lo que la noche había dejado. Yo la miraba en silencio, esperando encontrar alguna grieta que delatara el miedo.
Entonces preparábamos el desayuno como si aquello de anoche no hubiera ocurrido. Mamá sonreía, y yo sonreía con ella. Afuera, la luz borraba poco a poco las sombras de la casa y, durante unas horas, podíamos respirar.
Yo quería creer que el día era una promesa: que el sol podía quedarse para siempre, que mamá no tendría que volver a coserse el alma al amanecer.
Pero cuando empezaba a oscurecer, yo miraba el reloj.
Y volvía a tener miedo de la noche. Pero sobre todo tenía miedo de como vendría papá del trabajo y si traería consigo esa cosa terrible que se llamaba ira.
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