LO IMPORTANTE

Al abuelo le encantaba que viniéramos a la casa de la aldea a pasar el verano. Especialmente ahora, que ya era muy mayor y la finca comenzaba a quedársele demasiado grande.

Fue el año de la boda de Julián, mi hermano, cuando decidimos entre todos remodelar la propiedad y adaptarla a las nuevas necesidades. Ya éramos demasiados los que pasábamos allí largas temporadas estivales y la vieja casa empezaba a quedarse pequeña.

 Había que hacer sitio, y para ello tuvimos que sacrificar parte de lo que durante años había rodeado la casa: arrancar algunos olivos y, sobre todo, talar el acebo casi centenario que el propio abuelo había traído de una excursión cuando era joven. Lo había plantado con sus propias manos y, desde entonces, se había ocupado de él con una dedicación casi enfermiza. Lo podaba, lo abonaba, lo protegía de las heladas y hasta hablaba de él como si fuera uno más de la familia.

Recuerdo perfectamente el día que lo talaron.

El abuelo permaneció sentado frente a la ventana, contemplando cómo aquella enorme copa iba desapareciendo bajo las sierras. Cuando finalmente cayó, cerró los ojos y lloró. No fue un llanto escandaloso, sino unas lágrimas silenciosas que parecían venir de mucho más lejos que aquel momento.

Después no volvió a hablar del asunto.

Durante los días siguientes lo vi acercarse una y otra vez al lugar donde había estado el acebo. Permanecía allí unos minutos, mirando los troncos cortados que los trabajadores iban troceando para poder retirarlos.

Hasta que una tarde lo descubrí agachado junto a uno de aquellos pedazos de madera.

Estaba pasando los dedos por una marca que había quedado oculta bajo la corteza.

Me acerqué.

Eran unas letras y unos números, grabados profundamente en el tronco:

MAG 312

El abuelo levantó la cabeza y me miró.

Nunca había visto tanta ausencia y pena en sus ojos.

Entonces comprendí que no lloraba por perder un árbol sino por perder el sueño de la perfección que nunca volvería.

 

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