EL ECLIPSE

 Era el acontecimiento del siglo. Todos lo esperábamos con una ansiedad casi sagrada. No volvería a repetirse en cien años. La naturaleza se disponía a ofrecernos su espectáculo más majestuoso: la luna avanzaría sobre el sol, apagaría su fulgor y, durante unos instantes, convertiría el día en una noche profunda y prodigiosa.

Y allí estábamos todos, inmóviles, con el rostro levantado hacia el cielo, aguardando aquel instante irrepetible.

Todos menos yo.

Porque cuando la luna comenzó a ocultar el sol, yo no quise mirar al cielo. Quise mirarte a ti.

Quise perderme en tu rostro, descubrir el asombro en tus labios, contemplar cómo tus ojos se llenaban de aquella belleza extraordinaria que todos habían venido a buscar. Y entonces ocurrió lo imposible: tú tampoco mirabas al cielo.

Me mirabas a mí.

Nuestros ojos se encontraron en medio de aquella oscuridad repentina y, durante unos segundos, todo dejó de existir. El cielo, los astros, la multitud, el sol vencido, la luna triunfante... todo se volvió insignificante ante aquella mirada tuya, intensa, luminosa, profunda, absolutamente perfecta, clavada en mis ojos.

El silencio que cayó sobre nosotros hizo que aquel instante pareciera eterno.

Después, el sol comenzó a recuperar su territorio. La luna se retiró lentamente y el día volvió a inundarlo todo. La gente rompió el silencio, maravillada, hablando del eclipse, de su grandeza, de su belleza, de aquel prodigio que tardarían un siglo en volver a contemplar.

Yo apenas escuchaba.

Porque aquel día descubrí algo que nadie más pudo ver: que el eclipse más hermoso no ocurrió en el cielo.

Ocurrió cuando tus ojos se clavaron en los míos y, por unos segundos eternos, hicieron que todo el universo dejara de importar.

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