LA OBRA
Todos empiezan a abandonarme. Es lógico: las condiciones al otro lado son mucho mejores.
Nos estamos quedando sin obreros y la inmensa mole que prometía levantarse sobre el arenal amenaza con quedar inconclusa.
Les suplico a los últimos que resistan.
Apenas me responden con una mueca que pretende ser una sonrisa mientras recogen sus herramientas y se marchan.
Yo permanezco allí, impotente, viendo cómo, minuto a minuto, el agua se acerca.
Y entonces llega la primera ola.
Después, otra.
Nuestro gran proyecto se desmorona sin remedio por culpa de un muro que nunca llegamos a terminar.
Maldito sea mi tío y su manía de comprar voluntades regalando helados a todos los primos. Contra eso no podemos competir los humildes empresarios.
Comentarios
Publicar un comentario