MILAGROS
El convento se desmoronaba, literalmente se caía a trozos. Y los dulces y la repostería de las hermanas apenas alcanzaban para tapar algunas goteras de aquel desastre mientras las grietas seguían avanzando por los muros como si también fueran un obligado preludio del final
La abadesa suspiró.
Recordó aquellos años de juventud en los que jamás perdió una partida.
Sonrió con una nostalgia peligrosa y se decidió.
Organizó un almuerzo para el obispo y las principales autoridades de la ciudad.
El vino fue excelente. Quizá demasiado excelente y especialmente aderezado en los postres elaborados con aquella maca traída por una religiosa de la planicies andinas, con algo de damiana y un toque de tribulus.
Tras esto no hubo mejor propuesta que una visita privada a las celdas de las religiosas para comprobar las dificultades de la vida monacal... Y que Dios perdone los excesos... pero la carne llamaba a la carne.
A la mañana siguiente nadie recordaba gran cosa, salvo una emoción inexplicable hacia aquel convento y una necesidad de realizar donaciones infinitas para silenciar aquella maravillosa y carnal jornada.
Y la abadesa, mientras contaba los ingresos, murmuraba para sí:
—Hay milagros que conviene no santificar...
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