DE PROFESIÓN

 Todos se ríen de mí.

Pasa siempre. En cada colegio nuevo al que voy ocurre lo mismo.

Cuando la profesora pregunta a qué se dedican nuestros padres, todos levantan la mano orgullosos. Unos explican que su padre es fontanero y cuentan, con todo lujo de detalles, qué tuberías arregla. Los que tienen una madre o un padre policía presumen todavía más. Luego están los médicos, los abogados, las dependientas... A los hijos de los profesores solemos hacerles algún pequeño chantaje para ganarnos su confianza. Y sabemos que los de los médicos y enfermeros tendrán suerte: algún día sus padres vendrán a clase para darnos una charla sobre cómo salvan vidas.

Y después llega mi turno.

—¿Y tus padres? —pregunta la profesora.

Yo miro el pupitre.

Nunca contesto.

Insisto en quedarme callado, como si pudiera volverme invisible.

Pero no funciona.

Alguien me señala. Otro se ríe. Luego se carcajean todos.

Entonces yo siempre me fijo en el que más se divierte. Normalmente es un chulito forzudo, de esos que empujan a los demás en el recreo y creen que el mundo entero les pertenece.

Por la noche, cuando vuelvo a casa, se lo cuento a mamá.

Se lo cuento justo antes de que se cambie de traje, se ponga el sombrero puntiagudo y monte en su escoba para ir al aquelarre. Mamá siempre me escucha con mucha atención. Y yo nunca le pido nada.

Pero, por alguna razón, al día siguiente el chulito suele aparecer con una mano escayolada porque, según cuenta, se cayó por las escaleras de su edificio; o con un ojo morado después de tropezar con una puerta, o con fuertes dolores de barriga y tremendas diarreas que nadie consigue explicar.

Yo nunca pregunto qué ha pasado... pero, de pronto, en el colegio el debate sobre la profesión de los padres deja de ser algo importante.


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