LAS VIRTUDES DE CARLOTA
Mi ángel custodio lleva cinco días amordazado y atado a una silla, escondido en el fondo del armario, justo detrás de la montaña de calzoncillos viejos y sucios que, como los descubra mamá... digo los calzoncillos... me va caer la bronca del siglo.
Ya… ya sé que no estoy siendo precisamente justo. Ni considerado. Ni, probablemente, muy buen protegido celestial. Pero, caramba, es que eres un pesado. Siempre detrás de mí, con tus sermones, tus advertencias y esa vocecita de la conciencia que no descansa nunca.
Y sí... ya sé lo que vas a decirme: que debo ser más puro, más sensible, más casto, que no debería dejarme llevar por según qué pensamientos.
Pero es que a mí Carlota me gusta. Y mucho.
Y lo que de verdad me gusta no es su dulzura, su espiritualidad, su bondad.... lo que me encanta de ella son sus curvas, todas esas curvas que me vuelven loco.
Así que perdona, querido ángel, pero por una vez voy a hacer como que no te oigo. Quédate ahí un ratito, entre los calzoncillos, y dame un poco de paz. Mañana, si me siento culpable, ya te sacaré del armario.
Hoy necesito ser un poco lascivo... o un mucho... y seguro que Carlota lo entiende... que ella es muy razonable.
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