SACÁNDOME DE PROBLEMAS
Siempre he recurrido a él.
Toda la vida.
Me ha sacado de infinidad de problemas.
Y aunque los años han pasado y me he convertido en un hombre independiente y adulto, es rara la semana en la que no lo llamo para que me eche una mano con algo.
Que si la mesa nueva del salón que soy incapaz de montar; que si esos cuadros que deberían adornar el pasillo y para los que sigo siendo un patoso con el taladro; que si necesito comprobar la presión de los neumáticos porque uno ya no se fía de esos aparatos de las gasolineras; que si nunca me ha salido un buen marmitako y para eso hay que tener una mano que yo jamás he heredado...
El caso es que, casi todos los días, papá acaba presentándose en casa después de mi llamada de rigor.
Y me encanta esa expresión que se dibuja en su rostro y que parece decir, sin necesidad de pronunciar una sola palabra: «He criado un auténtico desastre».
Después contempla con calma lo que hay que hacer y pone en ello el mismo interés de siempre. Aunque sé que ese ímpetu apenas le durará unos minutos. En cuanto comienza, pide una silla para sentarse y se queda profundamente dormido. Las pastillas que toma para retrasar esa incipiente demencia senil lo van derrotando poco a poco.
Al cabo de un rato lo despierto con suavidad.
Comprueba que aquello por lo que vino ha quedado perfectamente resuelto y vuelve a regalarme una sonrisa mientras recoge, despacio, sus herramientas. Se marcha satisfecho, con esa felicidad silenciosa de quien aún puede seguir cuidando de su hijo.
Entonces, antes de cruzar la puerta, me mira y repite la misma frase de siempre:
—Hijo, no te voy a durar toda la vida.
Y yo, por no romperle el corazón y por ser mi padre a quien tanto necesito, nunca le confesaré que me he vuelto un experto en marquetería, un manitas de la mecánica o un cocinero refinado.
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