LA REFORMA DEL CONVENTO
El convento llevaba meses patas arriba. Martillos, andamios y sacos de cemento habían expulsado el silencio de los claustros, donde antes solo resonaban salmos y campanas.
Como la reforma parecía interminable, la madre abadesa decidió que las hermanas colaborasen con los albañiles. «El trabajo también es oración», recordó con una sonrisa.
Y el milagro llegó enseguida: nunca las novicias habían mostrado tanta entrega. Corrían a llevar agua, sostenían escaleras, mezclaban yeso y buscaban cualquier excusa para permanecer junto a aquellos fornidos obreros.
Solo había un detalle que inquietaba ligeramente a la abadesa. Entre el estruendo de las grúas y las hormigoneras se colaban, de vez en cuando, unos gemidos demasiado fervorosos. Señal inequívoca de que las monjas estaban descubriendo otras "misiones" más terrenales al lado de los albañiles...
Pero, todo sea por la gloria de Dios.... y la abadesa, con su experiencia, sabía perfectamente que no es necesario confesarlo todo.
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