EL CRISTAL
Él nunca alzaba la voz. Era correcto, puntual, educado... impecable en el aspecto y en las formas.
Sonreía a los vecinos, saludaba con marcado interés a la gente con la que se cruzaba.
Eficiente y entregado en su trabajo, todos decían de él que era el hombre ideal.
Ella, más callada y distante, se mostraba mucho más reservada.
Taciturna y mustia, casi gris, nadie entendía que veía aquel hombre en aquella mujer.
Aun así nunca hubo nada que decir.
Nada que hiciese cambiar aquella imagen.
Solo un pero... el maldito espejo que -cada mañana- reflejaba los inmensos moretones que ella debería, obedientemente, esconder bajo mangas largas y blusas oscuras.
Y es que el cristal solo hablaba cuando nadie quería escuchar. Y sólo parecía hablarle a ella. Hablarle y decirle que callara.
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