PREPARANDO LA COMIDA

No encendió la luz de la cocina. Le bastaba el resplandor de los neones que entraba desde la calle y el vapor que ascendía susurrante desde la olla. Preparó el guiso como lo hacían sus padres los domingos de invierno, con ese cuidado silencioso que parecía conversar con los ingredientes. 

Picó el ajo y la cebolla, cortó las verduras despacio, aspiro el sofrito antes de añadir un poco de vino blanco. 

Había puesto tres platos sobre la mesa. Esperó.

El reloj avanzó con esa casina puntualidad indiferente. Nadie llegó. 

El teléfono tampoco sonó. 

Afuera, la lluvia golpeaba el cristal con una insistencia antigua, como si llamara por quienes ya no lo harían.

Retiró dos platos sin hacer ruido y se sirvió una porción generosa. 

El primer bocado le devolvió una cocina más pequeña, risas que ya no habitaban esa casa, manos compartiendo pan caliente... pero sobre todo complicidad y cariño. El guiso sabía a nostalgia, pero también a refugio.

Comió despacio, disfrutando de cada sensación. 

No había reproche en su gesto, tampoco esperanza. 

Solo esa quietud que queda cuando uno comienza a comprender que algunas ausencias nunca regresan.


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