UN ENCUENTRO ANHELADO

 Cuando la veía bajar conmigo en el ascensor, con su elegante prestancia y su rostro maquillado, yo solo miraba hacia el suelo. 

Ella me saludaba con indiferencia. Con esa indiferencia en que parecía haberse instalado ante mi presencia. Apenas me hablaba.  Siempre con esa altivez que regala la grandeza de la personalidad, la belleza suprema, la popularidad infinita. 

Yo sabía que para ella era un extraño.. o al menos, tenía esa sensación... un completo extraño.

El azar quiso que un martes por la mañana el ascensor se quedara atascado entre dos pisos.

Durante veinte minutos fuimos solo dos desconocidos sin escapatoria y sin cobertura. Hablamos. Se rió. Yo también. Incluso pareció que formábamos un buen equipo. 

Cuando por fin se abrieron las puertas, me guiñó un ojo y me dijo:

—Por cierto, papá, deja ya de mirarme los zapatos cuando bajamos juntos. Qué vergüenza... y recuerda, nada de sonreírme en cuanto salgamos a la calle... que pueden estar mis amigas... y ya no soy una niña...

Hoy llamaré al técnico de la empresa de ascensores. Tendré que llegar a un acuerdo para nuevas y fortuitas averías. 

Comentarios

Entradas populares