DESCANSO SAGRADO
Desde que aquella panda convirtió el cementerio en su lugar favorito para hacer botellón, no había una sola noche de paz.
Risas, música y brindis junto a las lápidas...
Y yo ya tenía muy poca paciencia cuando respiraba. Eso era justo lo que nunca me sobró en vida...
Así que una madrugada decidí recordarles que algunos, sin que lo queramos, seguimos aquí.
Bastó con salir despacio de mi tumba y sonreírles maliciosamente mientras un fétido olor impregnaba la noche.
Dos perdieron la voz, otro cayó de rodillas incapaz de apartar la vista de mi tétrica estampa y la mayoría marcharon despavoridos.
Dicen que el miedo se les quedó grabado para siempre.
Yo recuperé el silencio que me habían robado... y ellos comprendieron -quizás algo bruscamente que eso no lo voy a negar- que hay descansos que no deben interrumpirse.
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