NECESIDAD DE COMUNICARSE
Durante meses, la estación recibió transmisiones imposibles.
No procedían de ninguna colonia conocida ni seguían protocolo alguno. Eran pulsos repetidos, pausas medidas y secuencias que desafiaban cualquier sistema de cifrado.
Los mejores criptógrafos, lingüistas y matemáticos trabajaron sobre ellas sin éxito. Ninguna teoría explicaba por qué aquellas señales aparecían siempre a la misma hora, dirigidas al mismo rincón del espacio.
Nadie entendió jamás por qué, de vez en cuando, entre coordenadas y datos de navegación, aparecían esas secuencias imposibles que ninguna inteligencia lograba descifrar. Los científicos las acabaron llamando el ruido del universo.
La teoría que, por fin, intento validarlas afirmaba que eran los intentos de comunicación de civilizaciones intergalácticas y que aprovechaban los vacíos de la materia para moverse en la inmensidad del infinito Universo.
Nadie se paró a pensar que el prototipo de robot que se había creado hacía dos años para el mantenimiento de la Estación Interespacial G-245K era la única máquina del universo capaz de entender que aquellas extrañas señales no eran un código... sino declaraciones de amor entre alejados androides.
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