SOÑAR
Clara dejó el cuaderno cerrado sobre la mesa. Esa tarde no escribió una sola palabra. En lugar de eso, salió al jardín y se quedó observando cómo las mariposas cambiaban de flor sin prisa. Aleteando y mostrándose, delicadas, a la hermosura del atardecer. Cuando el sol comenzó a esconderse, regresó a casa con los bolsillos llenos de hojas secas y una sonrisa que nadie supo explicar.
A la mañana siguiente, el viento había dibujado pequeños caminos de arena frente a la puerta. Clara los siguió sin preguntar adónde llevaban. Descubrió un rincón del bosque donde los árboles parecían susurrar historias antiguas y prometió volver otro día para escucharlas todas.
—¿Y qué pasó después? —preguntó su hermanito, acomodándose entre las mantas.
—Después, el bosque guardó el resto del secreto para mañana —respondió la madre mientras apagaba la luz.
—Entonces soñaré con esos camino y con esas flores... y con ese secreto.
—Hazlo, pequeño. Casi siempre los mejores viajes empiezan con los ojos cerrados.
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