HUMO

Nos amábamos mucho, desde el primer día... y también sabíamos que nos debía acompañar la prudencia de quienes conocen que hay sentimientos capaces de hacer demasiado ruido. 

Casada ella. Casado yo. 

Por eso, cuando el azar nos cruzaba, aprendíamos a mirar hacia otro lado. Porque el amor verdadero no necesita palabras para delatarse; le basta la brisa para alimentar comentarios.

Hoy coincidimos en la terraza de una cafetería. Ella hablaba con su marido. Yo fingía leer el periódico. En un momento llevó un cigarrillo a sus labios, lo dejó unos segundos preso del carmín y, al levantarse, lo abandonó sobre el cenicero.

Antes de irse me miró.

Solo eso.

Esperé a que desaparecieran. Me acerqué despacio, encendí aquel cigarrillo y cerré los ojos.

Jamás el humo supo tanto a beso apasionado.

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