CONFESIÓN

 El sacerdote escuchaba en profundo silencio. La quietud del templo conmovía. 

Tras el biombo del confesionario, la voz de la mujer temblaba entre susurros, confesando infidelidades, deseos carnales que la poseían y tentaciones que era incapaz de dominar. 

Cada palabra era un peso que parecía arrastrar su corazón hacia lo prohibido, y él permanecía inmóvil, sin interrupciones, como si el aire mismo contuviera la inmensa gravedad de aquel relato.

Cuando terminó, el silencio pesó más que las palabras. 

Finalmente, el sacerdote susurró la absolución y le asignó la penitencia. 

Escuchó un "Amén" seguido de un compungido y ahogado “Deo Gratias”, y un instante después la puerta del confesionario se cerró detrás de ella.

El sacerdote se quedó allí unos segundos más, ajustando su sotana, dejando que la fragancia de incienso se mezclara con el eco de sus propios pensamientos. 

Al salir y mirar hacia el altar, la vio de rodillas, piadosa, rezando con devoción. 

Su rostro mostraba la serenidad de quien se sabe perdonado, pero él -no si antes hacer una profunda genuflexión ante el Santísimo y persignarse invocando a la Santísima Trinidad- se preguntó con cierta  ironía y un dejo de mundanidad: Quizá podría ayudarme con la contabilidad de la parroquia…

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