DESPEDIDA
Nuestras miradas se cruzaron. Apenas había tenido tiempo de observarlo en los dos últimos días.
Todo habían sido urgencias.
Papeles por firmar, asuntos que arreglar, aquellas cuentas que había que cerrar, las ineludibles llamadas para dar explicaciones, y algún que otro secreto que se amontonaba en los cajones -ahora vacíos- donde él, celosamente, guardaba sus más preciadas pertenencias.
Pero por fin podía llorar con plena libertad. Ya nada me retenía. Fue demasiado tiempo de silencios contenidos.
Por eso, mientras apretaba fuertemente el bolso en el que tenía el pequeño bote de arsénico con el que había aderezado aquellas gambas al ajillo, aun tuve arrestos para volver a mirarlo antes de ordenar que cerrasen la tapa del ataúd y que descansase en paz.
Comentarios
Publicar un comentario