UN BUEN PRODUCTO

Siempre me ha gustado aderezar la carne y dejarla hornearse con un poquito de buen vino blanco. No puede faltar el romero, el tomillo, el orégano, y el necesario laurel y albahaca. Y naturalmente salpimentarla y añadirle ese necesario chorrito de aceite de oliva virgen extra. 

En muchos lugares tienden a espesar la salsa con un poco de harina de maíz refinada pero los puristas como yo defendemos que sea el tiempo, con su monótono y lento asado, quién le de plena textura al caldo de la carne.

Y el corte de la pieza debe ser el justo, adecuado, exacto... ni muy fino ni muy ancho. 

Ahora que observo la fuente y me deleito en cómo los jugos comienzan a burbujear lentamente en los bordes, no puedo evitar sonreír con una mezcla de orgullo y una calma inquietante. Hay algo profundamente íntimo en este proceso, algo que va más allá de la cocina. No es solo técnica, ni siquiera placer gastronómico. Es puro conocimiento, la grandeza de la sabiduría colmando el placer.

El fuego hace su trabajo con paciencia. Nunca hay que apresurarse. La carne —esta carne— exige respeto.

Me acerco y, con la punta del cuchillo, compruebo la textura. Cede lo justo. Perfecto. La superficie ha adquirido ese tono dorado que anuncia que el interior se mantiene jugoso. 

El aroma llena la estancia y atraviesa la puerta cerrada que da a la habitación contigua, donde el resto del cuerpo de mi antiguo pinche aún reposa… esperando su turno.  Lo observé durante años sin que él lo notara: sus hábitos, su forma de moverse, incluso su manera de reír. Siempre pensé que había en él una calidad especial, una firmeza, una consistencia que rara vez se encuentra. Y ahora, por fin, puedo confirmarlo.

Y es que hay algunas amistades en la vida que, simplemente, están destinadas a durar de otra manera.


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