CUANDO LLEGA LA OPORTUNIDAD

Llovía incesantemente, con fiereza, como si el cielo estuviese enfadado.

Al salir de la carnicería vi a la señora Ermitas que llevaba tantas bolsas que era incapaz de sostener el paraguas. No lo dudé... podía ser mi abuela. Me acerqué a protegerla y aproveche para ponerle sobre los hombres mi gabardina.

Al llegar a casa y tras acompañarla a su puerta subí otros dos pisos en el ascensor y entre en mi apartamento. 

Me desnudé y dejé los zapatos cerca de la calefacción. Fue entonces cuando me acordé del décimo que había comprado por la mañana. Busqué entre los bolsillos de las prendas, en la cartera, en el maletín de trabajo. Pero no apareció: seguro que lo había dejado en el cajón de la oficina. 

No me preocupaba demasiado; nunca me había tocado nada, aunque debo de decir que cuando hablé con la lotera tuve un pálpito de que ese era el número correcto. Tonterías...  y además, al día siguiente comenzaba las vacaciones. Me hacían mucha falta.

Cuando regresé de las fiestas pasaron varias jornadas sin que me cruzase con la Señora Ermitas. Me extrañó mucho. Era de horarios puntuales y rígidos y siempre coincidían con los mismos. Preocupado por su salud, le interrogué al portero del edificio. El me señaló una postal que acababa de llegar precisamente enviada por ella donde aparecía un imponente arenal de la Riviera Maya:

"Queridos vecinos, gracias por vuestros cuidados y compañía. He decidido darme una alegría y disfrutar de la vida…  aprovechad cada momento, porque nunca sabes cuándo llegará vuestra oportunidad"

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