NO ES NUESTRA RESPONSABILIDAD

 Aquel viejo profesor dejó de corregir exámenes cuando comprendió que ya no evaluaba conocimientos, sino tan solo culpas. En cada hoja veía algo más que errores: divisaba ausencias, palabras y reproches no señalados en casa, límites que nadie ponía, afectos imposibles de sostener. 

Y, sin embargo, siempre era él quien fallaba.

Ahora los mensajes no cesaban. La tecnología se ha hecho imprescindible para el imbécil y para el irresponsable.  A cualquier hora le llegaba una notificación:

“Mi hijo suspende por su culpa.” “No sabe motivarlos.” “Usted es el problema.” 

Jamás aparecía un “¿qué podemos hacer nosotros?”. 

Nunca un “¿en qué fallamos?”. 

Solo dedos invisibles y amenazantes señalando... y siempre hacia el mismo lugar.

Y él empezó a encogerse dentro de sí mismo. La voz en clase se volvió más baja. Su mirada, más corta. Su sonrisa, más débil.

Enseñar dejó de ser un acto de entrega y pasó a ser una defensa constante. 

Una necesidad agobiante para afrontar cada día ese asedio tedioso.

Una tarde, tras otra reunión en la que le exigieron ser padre, psicólogo y salvador de lo que otros no querían sostener, volvió al aula vacía. Cerró la puerta con cuidado, como si no quisiera molestar a nadie. Se sentó en su mesa y observó la pizarra, todavía llena de explicaciones que nadie atendió.

Sacó una hoja.

Escribió despacio: “Me pedisteis que fuera todo lo que no quisisteis ser.”

Dejó el papel en el centro de la mesa, bien visible... abrió la ventana y decidió acabar con esa tragedia.

 A la mañana siguiente, el murmullo en los pasillos no era el habitual. Había un silencio espeso, interrumpido por susurros urgentes y miradas esquivas. En la sala de profesores nadie se sentaba en su silla. Sobre la mesa, la hoja seguía allí, intacta, como si aún esperara respuesta.

Los padres comenzaron a llegar antes de la hora. Rostros tensos, voces contenidas, manos que se llevaban a la boca con gesto grave.

—Se veía venir… —decía uno.
—No estaba bien… —añadía otra, negando con la cabeza.
—Demasiada presión, claro… —concedía un tercero, como si descubriera algo nuevo.

El director intentaba mantener el orden, pedir respeto, aplazar las clases. Pero la conmoción duró lo justo.

—¿Y ahora qué va a pasar con el curso? —preguntó alguien desde el fondo.
—¿Quién va a darles clase? —insistió otra voz.
—Mi hijo no puede perder contenido a estas alturas —dijo un padre, ya sin susurros:- Y lo de los niños en casa... ni de broma... es responsabilidad del centro atenderlos.... nosotros tenemos nuestros trabajos.

El director abrió la boca, pero no llegó a responder.

—¿Cuándo vendrá el sustituto?.- resonó la pregunta sobre el silencio denso que chirriaba.

La cuestión quedó flotando en el aire, limpia, práctica, urgente. Nadie volvió a mirar la nota. Nadie volvió a acordarse del viejo profesor.



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