EL BUEN CAMINO

 Llegamos los dos aquel mismo otoño. Él era el maestro nuevo; yo, el niño al que mi padre enviaba convencido de que la escuela terminaría por enderezarme.

 Lo primero que me llamó la atención fue el negro intenso de las pizarras. 

Sin embargo, aquel lugar, que yo imaginaba tan tétrico por cómo hablaba de él los mayores, empezó a llenarse de luz en cuanto el maestro comenzó a hablar.

Nos enseñaba cosas que no aparecían en los libros. Nos hacía sumar nubes y resplandores, aprender geografía de la mano de la identidad y defender la igualdad desde la certeza de que la diversidad era la mayor riqueza de un pueblo. 

Decía que una escuela sin preguntas era solo un edificio.

Padre insistía en que aquel maestro no iba por buen camino...

Aquel verano del 36 se lo llevaron hasta la tapia del cementerio. Nunca volvió.

Cuando regresamos a la escuela las pizarras siguieron siendo igual de negras pero las aulas se volvieron definitivamente grises... muy grises y oscuras.

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