MALDITA IDEA

Yo puse la única condición: no decirnos nuestros nombres... ser completamente anónimos el uno para el otro. Durante una semana seríamos los imaginarios Amelia y David. Elegiríamos el destino lanzando un dardo sobre un mapa de la península, no intercambiaríamos teléfonos, ni direcciones, ni fotografías ni promesas. Y al séptimo amanecer volveríamos a ser dos desconocidos.

El azar nos llevó a un pueblo junto al mar. Allí descubrimos que siete días pueden contener la magia de una vida entera. Nos enamoramos con la urgencia de quienes saben que el tiempo tiene fecha de caducidad. El amor estalló hasta iluminar las noches y los amaneceres preñando de plena felicidad cada instante.

El último día nos abrazamos sonriendo, completamente convencidos de que algunas historias solo sobreviven si terminan a tiempo. 

Y nos alejamos sin volver la vista atrás.

Han pasado dos años...

Y mientras cierro, cada noche, la puerta de las habitaciones después de arropar a los niños, todavía maldigo mi detestable idea de no seguir conociéndonos.

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