ADIOS INFANCIA
Se lo colocaron entre las manos igual que en la destruida escuela le daban la blanca tiza con la que escribir en la pizarra. Pesaba mucho... mucho más que el gastado cántaro lleno de agua con el que hacía tres viajes diarios al río.
El hombre que mandaba sonrió al verlo temblar.
—Ya sabes lo que tienes que hacer.
El niño cerró los ojos. Su intensa piel negra se mostraba pálida y frágil. Pensó en su quemada aldea, en las ruedas viejas que hacía correr con un palo, en el sabor imposible de los mangos maduros.
Luego apretó el gatillo.
Y entendió que las balas no había matado solo a aquel hombre... habían asesinado ya su infancia.
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