DOÑA CARMEN
Mamá nos tenía prohibido mirar siquiera hacia el balcón de Doña Carmen.
—Esa mujer no es trigo limpio —decía mientras cerraba las persianas.
Pero en el barrio todos levantábamos la cabeza cuando ella salía a tender las sábanas. Olía distinto a las demás vecinas, llevaba vestidos de colores y se reía fuerte, como si no le tuviera miedo a nadie.
Los hombres la saludaban de forma atrevida. El panadero le regalaba barras calientes. Don Emilio se quitaba la gorra al verla pasar. Hasta el cura tartamudeaba un poco cuando ella cruzaba por delante d ela iglesia con ese andar tan sugerente que ataba todas las miradas.
Una noche volví antes del descampado porque me había hecho daño en la rodilla y vi a papá salir muy despacio del portal de Doña Carmen. Se acomodó la camisa, miró a los lados y luego se revolvió el pelo con una sonrisa rara.
Aquella noche, en la cena, fue el padre más cariñoso del mundo.
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