ALIMENTANDO LA SEGURIDAD

 La campana sonaba cada amanecer. Inquietante y constante. Siempre al salir el sol.

Era la norma más importante que teníamos: cuando sonara, debíamos permanecer dentro de casa durante una hora. Nadie podía mirar por las ventanas. Nadie podía salir. Nadie asomarse a la calle.

Los mayores repetían que era por nuestra seguridad. Que fuera vagaban criaturas peligrosas y que el sonido de la campana las mantenía alejadas.

Yo crecí creyéndolo. Era la norma fundamental. Y no creer... no estaba permitido.

Pero un día me venció la curiosidad y decidí desobedecer. 

Cuando la campana comenzó a resonar, me escondí tras las cortinas y observé la calle.

No apareció ningún monstruo.

Lo que vi fueron personas... Miles de personas caminando en silencio, con la cabeza agachada. Hombres, mujeres y niños como nosotros, como los que estábamos en casa, pero vestidos con ropa gastada, escoltados por soldados armados. Avanzaban hacia los trenes que atravesaban la ciudad cada mañana.

Aquella noche pregunté a mi abuelo quiénes eran.

Tardó mucho en responder.

—Los de afuera.

No entendí.

—¿Qué hay afuera?

Mi abuelo cerró los ojos. Y me dijo que no siguiera preguntando y que cumpliese las normas.

Al día siguiente, antes del amanecer, los altavoces de toda la ciudad pronunciaron el nombre de mi abuelo

Solo el suyo.

Y en casa apareció su ausencia.

Entonces comprendí por qué nadie cuestionaba las normas, por qué nadie intentaba escapar y por qué jamás había visto a un anciano de más de sesenta años.

No éramos ciudadanos.

Ni siquiera éramos prisioneros.

Éramos ganado.

Y la campana no servía para protegernos de los monstruos.

Servía para avisarles de que la comida estaba lista.

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