VIVIR
La mujer llevaba semanas empeñada en celebrar aquel aniversario como si el futuro dependiera de ello. Vendió las últimas joyas familiares para encargar flores traídas de otro continente y una cena imposible en tiempos de escasez. Su marido, resignado, se puso el esmoquin que ya no le cerraba y descorchó la botella más cara que aun conservaban para una gran ocasión.
Cuando brindaron, las luces de la ciudad se apagaron una a una. Al otro lado de los ventanales, el mar comenzó a retirarse en un silencio antinatural.
—Al menos nos pillará elegantes —dijo ella, sonriendo mientras acariciaba con suavidad y tristeza el rostro ajado de su marido..
Y, por primera vez en muchos años, él le devolvió la sonrisa mientras escuchaba las sirenas que recordaban la obligación de esconderse en los refugios ante la inminente lluvia de misiles que iba a asolar para siempre la ciudad.
Comentarios
Publicar un comentario