LA RESPUESTA
Cada mañana cruzaba la plaza con el mismo paso ligero, como si conociera de memoria cada grieta del suelo. Nadie reparaba en ella: era una sombra más entre el ruido de las cafeterías y el ir y venir de los coches.
Cada mañana cruzaba la plaza con el mismo paso ligero, como si conociera de memoria cada grieta del suelo. Nadie reparaba en ella: era una sombra más entre el ruido de las cafeterías y el ir y venir de los coches.
Un día empezó a dejar notas en los bancos. Mensajes pequeños, casi invisibles: “hoy también estoy aquí”, “si miras, existo”. Nadie respondía. O eso creía ella.
Hasta que una tarde, al volver, encontró una de sus notas doblada con otra letra encima: “yo también te veo”.
No había nadie alrededor. Solo el viento moviendo las hojas.
Y acaso el Universo entero esperando ansioso por su nuevo mensaje...
No lo dudó... mañana, además de notas, comenzaría a dejar abrazos.
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