EL SUEÑO
Soñé que mi padre remaba desesperado en una pequeña barca frente a la playa de Baldaio. El mar estaba embravecido y los niños luchaban por mantenerse a flote a pocos metros. Él intentaba alcanzarlos, pero cada ola alejaba la embarcación un poco más. Gritaba sus nombres, aunque el viento se llevaba su voz antes de llegar a ellos. Me desperté convencido de que mi padre, muerto hacía años, trataba de advertirme de algo.
El sueño regresó durante semanas. Siempre la misma playa, la misma marea, la misma barca incapaz de llegar a tiempo. Yo buscaba un mensaje oculto, una explicación que me permitiera entender por qué seguía apareciendo.
Hasta que una noche dejó de remar. Clavó los remos en la barca, me miró desde el agua y sonrió con una calma que no encajaba con la tormenta.
Entonces entendí que nunca había estado intentando salvar a aquellos niños. Me estaba enseñando que hay un momento en que los padres dejan de sujetarte con las manos para empezar a sostenerte desde el recuerdo.
Desde aquella noche, cuando siento que me hundo, ya no sueño con él remando hacia mí. Me basta con recordar que, de un modo que no sé explicar, sigue estando en la barca esperando a que yo actúe como debo. A que la niña de sus ojos no le falle en el verdadero rescate... el de la propia vida, el de las obligaciones. El ejemplo que tanto se empeñó en forjar.
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