UNA CITA EQUIVOCADA

 La deseaba con una tranquilidad casi ofensiva, como si todo en aquella tarde de verano hubiera sido diseñado para que nada pudiera salir mal: el sol bajo en el porche, la temperatura ideal, la mesa improvisada, el vino frío, su forma de reírse con la boca llena de promesas... Y además era tan hermosa y tan diferente a las otras.

Solo hubo un problema. Su perro.

Le permití traerlo pensando que sería parte del encanto, un detalle doméstico, algo tierno que completar la escena. Pero desde que llegaron no dejó de husmear el jardín, tensando la correa como si reconociera el lugar mejor que nosotros.

—Hoy está inquieto —dijo ella, sin darle importancia.

Yo asentí, intentando no mirar demasiado al animal.

En un momento dejó de jugar. Se clavó junto al fondo del jardín y empezó a escarbar con una insistencia brutal, como si la tierra le debiera algo. El sonido de sus patas rompiendo el césped fue volviéndose insoportable, hasta que por fin apareció.

El collar.

El tiempo no se rompió de golpe; se apagó despacio.

Levanté la vista hacia ella. No dije nada. Solo la miré con una mezcla de decepción y cansancio, como quien comprende que una velada perfecta acaba de volverse inevitablemente otra cosa.

—Tenías que traer al perro —le dije, casi en un suspiro.

Ella no respondió.

Me quedé un segundo más mirando el agujero, luego el mantel, bebí algo de vino, y volví a observar su cara.

Y entendí que ya no quedaba nada que salvar de aquella noche.

Solo la pala y comenzar a hacer otro agujero.

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