LA BELLA DURMIENTE

 La luz entraba en la torre como si no hubiera pasado el tiempo. Como si los cien años fueran solo una exageración del polvo acumulado en las esquinas.

Ella lo miraba desde dentro de su propia inmovilidad, atrapada aún en el último instante del hechizo, pero ya consciente, ya cansada de esperar a que la historia tuviera la decencia de terminar.

Y ahí estaba él.

El héroe.

El de las canciones.

El que había cruzado bosques encantados, esquivado trampas, resistido el hambre, el frío y la maldad ajena con la misma terquedad. El que había derrotado al dragón, sobrevivido a la bruja, escalado montañas que otros ni habrían sabido nombrar.

El que ahora, por fin, había llegado hasta ella.

Y sin embargo, no avanzaba.

Dudaba.

Ella pensó, con una claridad que no recordaba haber tenido ni viva ni dormida:

De verdad. Dragones sí. Brujas sí. Hambre, frío, sangre, todo eso sí. Pero ahora resulta que el obstáculo soy yo… por si huelo mal.

Lo observó con atención nueva, despierta por dentro aunque aún atrapada por fuera. El héroe tenía la armadura mellada, el gesto cansado… y un olor bastante discutible. No precisamente legendario. Y el ojo izquierdo le iba un poco por libre, como si también él hubiera sobrevivido a demasiadas cosas sin salir del todo ileso.

Claro, pensó ella. Y ahora el problema es mi aliento.

Sintió una risa absurda, atrapada entre la indignación y el cansancio.

Si esto era un cuento, alguien lo había alargado demasiado.

Porque ella, al final, lo único que quería era despertar. 

Y lo del aliento... no podía controlarlo... siempre sufrió de halitosis pero es que.... eres un idiota,,, llevo cien años dormida... ¿que quieres? ¿a que te huele a ti el aliento después de una noche de resaca? ¿Imagínate un siglo?... ¡que puñetero remilgo es ese!....

-Coño... bésame de una vez... y luego que cada uno -si nos apetece- haga la vida por su lado. 

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