EL ANTICUARIO
Entré decidido a comprar el edificio. Aquel local no podía convertirse en un obstáculo para mi futuro inmobiliario.
El viejo anticuario ocupaba el mejor rincón de la plaza y yo ya veía allí una tienda luminosa, música ambiental y una interminable cola de clientes comprando el último objeto imprescindible.
La negociación fue sorprendentemente breve. El anciano no regateó ni una sola cifra. Solo me hizo una petición.
—Antes de firmar, recorra la tienda y deténgase unos segundos ante cada objeto. En estas estanterías duerme mucha historia.
Acepté por pura cortesía.
Pasé junto a un violín agrietado, un espejo descomunal de plata ennegrecida, una brújula cubierta de polvo incapaz de señalar el norte y decenas de relojes detenidos exactamente a la misma hora.
Al volver, el anciano me sonrió.
—¿Y bien? ¿Qué le ha parecido?
Saqué el contrato del maletín y acerqué la pluma para firmar. Entonces vi mis manos: estaban surcadas de venas, manchas y arrugas.
La casa de antigüedades ya tenía nuevo propietario. Y yo, mirándome al espejo y descubriéndome anciano, había heredado su tiempo.
Comentarios
Publicar un comentario