LA PASTILLITA AZUL

Lo de las pastillitas azules fue una insolencia. Una estupidez de las mías. Un arrebato tan irracional como absurdo: disolverle media docena en el zumo de naranja del desayuno.

Pero es que él solo tenía ojos para la vecinita. Creía que lo disimulaba, aunque se le notaba a las leguas. Así que aquella mañana decidí que pasaría el día más incómodo de su vida, con la entrepierna pidiendo auxilio.

En el fondo solo quería dejarlo en evidencia delante de todos, en la oficina.

Lo que jamás imaginé fue encontrarlo, seis horas después, haciendo un striptease improvisado para las abuelitas que, como cada jueves, venían a jugar al mus con mi madre.

Y lo peor no era el espectáculo, sino el entusiasmo de las ancianas, con los sujetadores ondeando al aire… y lo que me costó devolver el orden a la casa, especialmente a mi madre que no dejaba de afirmar que ya sabía porque el yerno había conquistado a su hija.


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