FAMILIA
No aguantaba más.
Los nietos desordenándolo todo, la nuera persiguiendo una mota de polvo como si fuera una tragedia y su hijo transformando cada partido en una colección de gritos, portazos y juramentos.
Así que una noche decidió marcharse. Sin reproches. Sin hacer ruido.
Pero le pudo la conciencia... esa maldita conciencia y esa vocación familiar infinita que había heredado de sus ancentros.
Cuando regresó unos días después, le dolió descubrir que apenas parecían echarla de menos. La vida seguía igual: los cojines perfectamente alineados, los calzoncillos de los chicos inflamando sus habitaciones y el televisor atronando con otro domingo de fútbol.
Sonrió con resignación. Al fin y al cabo, seguían siendo su familia y aún era su obligación cuidar de ellos.
Por eso, resignada, volvió a sentarse, como cada tarde, en la mecedora que nadie había vuelto a ocupar desde el día de su entierro.
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