CUMPLIR
Cumplió años y, al apagar las velas, tuvo la extraña sensación de que acababa de cerrar una puerta.
Miró el pastel, las copas llenas, las caras de quienes la querían y pensó en todo lo que ya no llegaría a ser. Había pasado media vida cumpliendo horarios, pagando facturas, aplazando viajes y guardando deseos para un momento que nunca parecía llegar.
El tiempo se había escapado entre obligaciones, entre promesas de futuro y renuncias silenciosas; demasiado tiempo para aprender algo nuevo, para bailar hasta el amanecer, para decir que sí cuando siempre había respondido que ya habría ocasión.
Y entonces comprendió algo. No estaba triste porque la vida se le estuviera acabando... Estaba triste porque había dejado de soñar.
Porque los sueños no existen para cumplirse. No todos, al menos.
Algunos nacen únicamente para mantenernos en marcha. Para encender una luz al final de los días grises. O para recordarnos quiénes quisimos ser y quiénes aún podríamos intentar llegar a ser.
Soñar con recorrer el mundo... con escribir un libro... con besar eternamente a una persona imposible... con empezar de nuevo a los cincuenta... a los sesenta o a los ochenta....
Soñar incluso sabiendo que quizá nunca suceda.
Porque no es la meta lo que nos sostiene.
Es el camino que recorremos hacia ella.
Los sueños nos mantienen vivos. Nos llenan de energía cuando las fuerzas flaquean, agrandan los horizontes cuando la rutina los estrecha y nos permiten soportar el peso de los días porque nos convencen de que todavía queda algo hermoso por descubrir tras la próxima esquina, en el siguiente café, en aquel anochecer tardío.
Son la prueba de que la realidad, con todas sus heridas y decepciones, sigue mereciendo ser vivida.
Por eso, tras aquella celebración y después de abrazar a los suyos decidió hacer una locura. Salió a la calle sin rumbo. Caminó bajo la lluvia, se sentó en la terraza de un café desconocido y llamó a las personas a las que llevaba tiempo deseando tener en sus sueños.
Aquella noche entendió que cumplir años no era llegar tarde.
Era recordar que aún estaba podía permitirse seguir y seguir soñando.
Y por primera vez en su vida, el futuro le pareció peligrosamente corto, delicadamente hermoso y demasiado valioso para pasar un solo día más sin perseguir imposibles.
Soñar es maravilloso, no perdamos nunca la capacidad de hacerlo
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