ENTERRANDO LA VERDAD
Don Emilio había saludado los nuevos tiempos de aquella España con infinita alegría y esperanza. Entregado a su vocación, decidió creer que la entrega cambiaba las sociedades, se comprometió a apostar por la solidaridad y resolvió soñar con la justicia.
Pero los años, en ocasiones, se empeñan en cercenar los más bellos ideales y en dibujar paisajes grises que se imponen a todos.
Y Don Emilio tuvo que guardar en el fondo del cajón , tembloroso y sometido, aquellos poemas con los que enseñaba a leer en la vieja escuela y que hablaban de libertad.
El nuevo retrato en la pared — con mirada severa, uniforme impecable— vigilaba cada palabra que decía en clase.
Decidió cambiar la gramática y la sintaxis, “pensar” por “obedecer”, “preguntar” por “repetir”.
Ahora sus alumnos enterraban sus sonrisas y copiaban en silencio mientras él observaba el viejo huerto abandonado.
Inseguro y taciturno, cada noche ensayaba frente al espejo su nuevo rol: voz firme, sin titubeos, sin memoria, sin ilusión.
Aprendió a borrar su pasado como quien borra la pizarra, con cuidado y sin dejar ni una mota de tiza.
Pero a veces, al escribir la fecha, la mano le traicionaba y dudaba un segundo de más.
Un día, aquel Martín espabilado y osado, ese niño que siempre se cuestionaba todo lo que sucedía, esa criatura que parecía tener inoculado el germen de tiempos pasados, levantó la mano y preguntó:
—Maestro, ¿la verdad, como las tablas de multiplicar, también se puede olvidar?
Don Emilio tragó saliva, miró el retrato colgado de aquel militar… y respondió con lo único que aún no le habían conseguido arrancar: el orgullo por el reconocimiento de la propia miseria.
—La verdad, Martín, no se olvida... la verdad se entierra... Las cunetas y los campos están abarrotadas de ella.
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