LA CABINA

Me aseguraron que la cabina funcionaba sin fallos. Te sentabas, elegías un nombre y el contador empezaba a bajar hasta que se agotaban los minutos. 

 Nadie explicaba cómo lo hacía, ni de dónde sacaba lo que mostraba pero todos salían de allí con los ojos hinchados y las manos vacías.

Dude muchísimo. Pero tenía tanta necesidad. 

Y prometí usarla una sola vez. Solo para comprobar que era cierto, para cerrar algo que se había quedado abierto. Pero después de la primera sesión, el silencio de fuera se volvió inmensamente insoportable.

Ahora encadeno turnos día tras día, he vendido todo lo que tengo y me repito cada mañana que será la última vez mientras espero mi número, porque durante esos quince minutos puedo volver a verle.

Y porque fuera de esa cabina me resulta imposible aceptar que él esté muerto.

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