La cita era como siempre... al anochecer... cuando la ciudad invitaba a dormir y abandonaba el bullicio que le daba oxígeno.
Nunca en tantos años de oficio me habían pedido algo así: un encargo sencillo en apariencia, pero con una condición imposible de ignorar. Tenía que estar viva... sentirse plena.
Golpearon a la hora exacta. Abrí sin preguntar, porque ya sabía quién y a qué venía.
Su voz, metálica, siempre me producía cierta inquietud.
—¿Está listo?
Asentí.
Cuando cerró la puerta, algo me incomodó. Miré la etiqueta del paquete.
El nombre no pertenecía a ninguno de los difuntos de aquel día.
Al alzar la vista, lo vi alejarse por la calle desierta.
Entonces lo sentí: no un vacío cualquiera, sino la ausencia exacta de algo que siempre había estado ahí.
Y comprendí que, por primera vez en tantos años de oficio, había entregado un alma viva.
La mía.
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