MÁS QUE UN GATO

 Me llamó Blacky desde el primer instante, como si al ponerme un nombre pudiera domesticar también lo que soy. Se encaprichó de mí como un adolescente del amor primerizo. Recuerdo el brillo en sus ojos cuando me eligió, cuando decidió que yo sería exactamente lo que necesitaba.

No tardó en ponerme el collar: cuero oscuro, cascabel de plata. Dice que le gusta oírme venir, que le tranquiliza. Yo aprendí pronto a controlar ese sonido, a moverme sin hacerlo sonar… aunque a él le siga pareciendo un gesto torpe y adorable.

He sido paciente. Mucho más de lo que jamás habría creído posible.

Días enteros comiendo esas galletas insípidas, bebiendo en un cuenco agua siempre tibia, fingiendo hábitos que no me pertenecen. Incluso... eso tan desagradable... siempre en la bandeja de arena. Todo por no romper esa ilusión que tanto le hace feliz. Porque él quería un gato. Y yo… yo era lo más parecido que había en aquella tienda perdida en el Amazonas.

Prometo que lo he intentado.

He intentado dormitar al sol, ronronear cuando me acaricia, entrecerrar los ojos con esa falsa placidez que espera de mí. He reprimido el temblor en los músculos, la tensión en las mandíbulas, el impulso de acechar cada sombra en movimiento. He contenido, noche tras noche, ese hambre que no entiende de normas ni de afecto.

Nunca he querido desencantarle... Nunca.

Pero esta noche, cuando abrió la puerta y entró con ella, su risa llenó la casa de una forma distinta. Nueva. Ajena. Ella se sentó en el sofá como si ya le perteneciera algo de este lugar. Como si pudiera ocupar un espacio que yo llevo tiempo vigilando.

La observé desde mi rincón, en silencio, midiendo su respiración, la cadencia de sus movimientos. El cascabel no sonó. No hizo falta.

Ahora, mientras él aún no ha vuelto del baño, la casa vuelve a estar en calma. Solo se oye mi respiración, más profunda, más real, y el leve crujido del sofá bajo su cuerpo inmóvil.

Prometí no desencantarle.

De verdad que lo intenté.

Pero hay verdades que siempre acaban saliendo a la luz… sobre todo cuando entre en el salón y me encuentre con las garras hundidas en su novia, la sangre aún caliente, y comprenda por fin que nunca fui un gato, sino una pantera.

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