SOLO HAY QUE ESCUCHAR
Todas las mañanas, la taza cruje al llenarse con el ardiente café, diciéndome que no tenga prisa, que el día no va a huir. La cuchara golpea dos veces el borde y luego se queda quieta, paciente, enseñándome a no insistir más de la cuenta. El espejo, en cambio, no habla: observa y me susurra, de forma callada, que el tiempo pasa y la vida se va. Y en ese silencio tan suyo me devuelve infinidad de preguntas que no me atrevo a responder.
Al salir, la puerta se resiste un segundo antes de abrirse, como si dudara de mí, como si quisiera protegerme de lo que me espera allá afuera. En el bolsillo, las llaves tintinean con un ritmo nervioso, recordándome todo lo que dejo a medias. Incluso la acera, con sus grietas, parece marcarme un camino que casi nunca sigo.
Pero es por la noche cuando más claro hablan las cosas. La casa respira despacio, cansada del día y de los problemas, los muebles se acomodan, y el reloj deja de medir el tiempo para empezar a señalar ausencias. Entonces entiendo que jamás los objetos estuvieron callados.
Solo que yo no había aprendido a escucharlas ... no había entendido esa necesidad maravillosa que poseen de contarnos lo más trascendente que atesora la vida.
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