PEINARSE

Trémulo, fatigado y doliente, se acerca al espejo como quien se acerca a un testigo incómodo de una tragedia inevitable. 
 
La luz revela sin ningún pudor lo que la memoria insiste en negar: la carne descolgada, la piel vencida, los surcos que ya no son historia sino desgaste, las manos temblorosas y afiladas carentes de fuerza. Aun así, levanta el peine con una dignidad obstinada y, con cierta prestancia milagrosamente adquirida, alisa el cabello hacia atrás, intentando dibujar la silueta de quien fue.

El gesto es lento, casi ceremonial. Durante un instante, si entorna los ojos, puede reconocerse: el brillo antiguo, la seguridad que habitaba en la postura, el encanto que parecía natural, aquel carisma que alimentaba miradas atrevidas que tanto le gustaban. 

Pero basta un parpadeo para que todo se desmorone otra vez en esa versión gastada de sí mismo.

A su alrededor, los sonidos llegan amortiguados, como desde el fondo de un pozo. 

El aire pesa demasiado como si respirar fuese una tortura.

Y sin embargo, insiste en ese pequeño ritual, en ese peinar hacia atrás lo poco que queda, como si al ordenar el cabello pudiera también ordenar el derrumbe de la vida.

Porque mientras la carne cede y los sentidos se apagan, ese gesto mínimo se vuelve resistencia osada: la última forma de no desaparecer del todo mientras el abismo, paciente, sigue acercándose de forma inexorable enseñando su negra estampa... 

Pero hoy, hoy al menos, ha habido un instante de victoria... un momento de vida plena de la mano de ese peine.

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